Whatever

Jul. 1st, 2011 07:16 pm
lira: (Stock: Me and the others)

Fuck you.

You have NO IDEA how much you're gonna regret this later, when you finally get to realize you actually fucked up my last chance of happiness for the most stupid reason ever.

FUCK
YOU
SO
MUCH.

I waited YEARS for someone to said "I believe in your talent, let's do this". I felt so happy and relieved and hopeful, and I was finally allowing myself to dream again...

It won't happen again. NEVER again. It was a fucking miracle. It's my fucking LAST CHANCE.

You're the most selfish and childish bitch in the universe.

Now everything is back to being a big worthless pile of shit. Thank you so much. I didn't even get a single day of peace and joy.

lira: (Anemone: at my feet)
Le descubrió una tarde mientras estaba sentada en el sofá de su casa con la persona que le hacía latir el corazón de aquel modo tan ajeno. Sintió su presencia mientras miraba la línea de la nariz de la chica, mientras se perdía en sus pestañas largas, mientras dejaba que su olor se le subiera hasta el cerebro y la llenase de ideas sin sentido. Cuando la chica habló sobre la persona que amaba, entonces le vio.

Era pequeño y temblaba como la superficie del agua de un lago. Estaba asustado, aterrado de ser descubierto, encogido como podía en lo más hondo del corazón de ella.

"Ah" se dijo ella al descubrirle. "Así que eso era... este dolor raro en mi pecho, estas ganas de echarme a llorar y salir huyendo... así que eras tú..."

El pequeño tembloroso asintió con la cabeza. "No es mi culpa" gimió. "No es mi culpa, soy inocente... yo no pedí nacer, yo no pedí surgir de pronto aquí... ¡tú me llamaste, tú me desabas!"

Ella sonrió con tristeza. Sí, le había esperado tanto tiempo, tantas veces había esperado topárselo dando brincos en su corazón helado trayendo consigo el deshielo y los primeros albores de la primavera. Pero no de ese modo. Pero no invocado por la chica de pestañas largas que amaba a otra persona. No así.

"No puedo dejarte vivir" murmuró ella, y supo de inmediato que él lo sabía y por eso temblaba. "No puedo dejarte crecer, no... te quiero aquí. No quiero este dolor raro, estás lágrimas, estas ganas de huir. No puedo huir ahora".

Él se ovilló allí en el rincón de corazón donde había nacido, lamentando su suerte de amor no requerido, deseando que todo fuese rápido y sin dolor por el bien de ambos, por el bien de ese corazón que había sufrido tanto ya antes y que había esperado años hasta atreverse a dar a luz a uno como él, y por el bien de esa muchacha que era su madre y que ahora abrazaba a la chica de pestañas largas dándole consejos para amar a otra, tragándose las lágrimas como mejor podía. Sabía que más tarde ella lloraría abrazándolo cuando estuviesen a solas, que le pediría disculpas y le llenaría de besos tristes, para luego encerrarlo en algún rincón entre la esquina del olvido y la indiferencia, donde le dejaría morirse de hambre y podrirse.

Lo sabía. Y tal vez era mejor así.

Y sin embargo no podía evitar derramar todas las lágrimas que ella sorbía, puesto que había nacido de un deseo de ella y había deseado tanto poder hacerla feliz y traerle la primavera...

Mientras ella por fin perdía su autocontrol y confesaba a medias su existencia, cuando la chica de pestañas largas que tenía entre los brazos murmuraba suavemente un afilado "lo siento"...

Cuando ella acompañó a la chica afuera para que tomase un taxi y regresase a casa...

Hizo un último y único ruego, su pequeño chillido de agonía inminente: "un beso... sólo uno... por favor...". Ella le miró los labios a la chica un segundo y rápidamente le besó la mejilla, para luego regresar a casa sin mirar hacia atrás, para empaparse la ropa de perfume intentando sacarse su olor del alma, para de hecho abrazarlo a él y llorar a gritos mientras le azotaba su pequeña cabeza contra las paredes de hielo.

Él no murió con eso, por supuesto. Oh, claro que no. Él aún gimotea cada vez que ella piensa en la línea del perfil de la chica, cada vez que recuerda el calor de sus manos en las suyas o el olor de su cabello bajo su nariz. Su pequeña existencia neonata yace golpeada y herida de muerte en aquel rincón ingrato e infame entre el olvido y la indiferencia, llorosa, moribunda, soñando con el perfume de la primavera, la risa de su madre y el deshielo que no pudo traerle.

Ella por su parte hace lo que puede por hacer oidos sordos a sus llantos de dolor, por no ver las manchas de su sangre en las paredes de su propio corazón helado, intentando ser fuerte y no compadecerse, prometiéndose a sí misma que un día dará a luz a otro, a uno que no tendrá que matar, a uno que podrá dejar crecer, hacerse grande, enorme, tanto que la llenará por dentro y la hará estallar de dicha.

Espera que al menos los gemidos cesen pronto. Ambos desean que su muerte sea rápida y lo más indolora posible.

Él se lo merece.
lira: (Default)
Le descubrió una tarde mientras estaba sentada en el sofá de su casa con la persona que le hacía latir el corazón de aquel modo tan ajeno. Sintió su presencia mientras miraba la línea de la nariz de la chica, mientras se perdía en sus pestañas largas, mientras dejaba que su olor se le subiera hasta el cerebro y la llenase de ideas sin sentido. Cuando la chica habló sobre la persona que amaba, entonces le vio.

Era pequeño y temblaba como la superficie del agua de un lago. Estaba asustado, aterrado de ser descubierto, encogido como podía en lo más hondo del corazón de ella.

"Ah" se dijo ella al descubrirle. "Así que eso era... este dolor raro en mi pecho, estas ganas de echarme a llorar y salir huyendo... así que eras tú..."

El pequeño tembloroso asintió con la cabeza. "No es mi culpa" gimió. "No es mi culpa, soy inocente... yo no pedí nacer, yo no pedí surgir de pronto aquí... ¡tú me llamaste, tú me desabas!"

Ella sonrió con tristeza. Sí, le había esperado tanto tiempo, tantas veces había esperado topárselo dando brincos en su corazón helado trayendo consigo el deshielo y los primeros albores de la primavera. Pero no de ese modo. Pero no invocado por la chica de pestañas largas que amaba a otra persona. No así.

"No puedo dejarte vivir" murmuró ella, y supo de inmediato que él lo sabía y por eso temblaba. "No puedo dejarte crecer, no... te quiero aquí. No quiero este dolor raro, estás lágrimas, estas ganas de huir. No puedo huir ahora".

Él se ovilló allí en el rincón de corazón donde había nacido, lamentando su suerte de amor no requerido, deseando que todo fuese rápido y sin dolor por el bien de ambos, por el bien de ese corazón que había sufrido tanto ya antes y que había esperado años hasta atreverse a dar a luz a uno como él, y por el bien de esa muchacha que era su madre y que ahora abrazaba a la chica de pestañas largas dándole consejos para amar a otra, tragándose las lágrimas como mejor podía. Sabía que más tarde ella lloraría abrazándolo cuando estuviesen a solas, que le pediría disculpas y le llenaría de besos tristes, para luego encerrarlo en algún rincón entre la esquina del olvido y la indiferencia, donde le dejaría morirse de hambre y podrirse.

Lo sabía. Y tal vez era mejor así.

Y sin embargo no podía evitar derramar todas las lágrimas que ella sorbía, puesto que había nacido de un deseo de ella y había deseado tanto poder hacerla feliz y traerle la primavera...

Mientras ella por fin perdía su autocontrol y confesaba a medias su existencia, cuando la chica de pestañas largas que tenía entre los brazos murmuraba suavemente un afilado "lo siento"...

Cuando ella acompañó a la chica afuera para que tomase un taxi y regresase a casa...

Hizo un último y único ruego, su pequeño chillido de agonía inminente: "un beso... sólo uno... por favor...". Ella le miró los labios a la chica un segundo y rápidamente le besó la mejilla, para luego regresar a casa sin mirar hacia atrás, para empaparse la ropa de perfume intentando sacarse su olor del alma, para de hecho abrazarlo a él y llorar a gritos mientras le azotaba su pequeña cabeza contra las paredes de hielo.

Él no murió con eso, por supuesto. Oh, claro que no. Él aún gimotea cada vez que ella piensa en la línea del perfil de la chica, cada vez que recuerda el calor de sus manos en las suyas o el olor de su cabello bajo su nariz. Su pequeña existencia neonata yace golpeada y herida de muerte en aquel rincón ingrato e infame entre el olvido y la indiferencia, llorosa, moribunda, soñando con el perfume de la primavera, la risa de su madre y el deshielo que no pudo traerle.

Ella por su parte hace lo que puede por hacer oidos sordos a sus llantos de dolor, por no ver las manchas de su sangre en las paredes de su propio corazón helado, intentando ser fuerte y no compadecerse, prometiéndose a sí misma que un día dará a luz a otro, a uno que no tendrá que matar, a uno que podrá dejar crecer, hacerse grande, enorme, tanto que la llenará por dentro y la hará estallar de dicha.

Espera que al menos los gemidos cesen pronto. Ambos desean que su muerte sea rápida y lo más indolora posible.

Él se lo merece.

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