lira: (FMA: Rain)
El otro día me agarró desprevenida la lluvia y tuve que comprar en la calle un paraguas de improviso. Era negro, de esos que se achican y se pueden guardar en el bolso. Pero no me gustaba nada precisamente porque era negro.

Todo el mundo en invierno anda uniformado de negro. No me gusta. Extraño mis colores.

Hoy salí con mi paraguas negro pensando en lo mucho que odiaba que fuese de ese color. En una multitienda vi un paraguas mucho más lindo y que hacía juego con mi ropa, y resultó que si tenías tarjeta de esa tienda te lo podías llevar casi gratis. La tenía y me lo llevé, contenta con el cambio. El paraguas negro quedó colgando de mi muñeca, cerrado e inútil.

Mientras caminaba de regreso pensé que era un poco triste para el pobre paraguas. Yo no volvería a usarlo y a mi hermano no le gustaría por ser un paraguas pobre de la calle (él usa unos muy estilizados con mango de madera que van con su estatus esnob de estudiante de leyes). Me pareció que no era culpa del paraguas, que estaba casi nuevo. Entonces sonreí y decidí que para agradecer que prácticamente me hubiesen regalado el nuevo le regalaría el paraguas negro a alguien que lo necesitara.

Mucha gente corría por la calle sin paraguas, empapados, intentando infructuosamente protegerse con maletines o gorritas de polerón. No sería difícil.

Cuán equivocada estaba.

Me acerqué a muchas personas y les ofrecí el paraguas negro con una sonrisa amable. O sea, si yo estuviera mojándome me haría muy feliz que alguien me ofreciera un paraguas gratis, pensaba. Pero todo el mundo me miraba como si les estuviera tomando el pelo o jugándoles una broma pesada.

"No, gracias".
"¿Está roto, cierto?"
"¿Crees que soy weón? Fijo que le pasa algo raro".

Nadie creía que podía ser un gesto de amabilidad. Todos se ponían a la defensiva de inmediato, muchas veces con rudeza. El paraguas negro seguía colgando de mi muñeca mientras tanta gente se mojaba.

Sólo dos cuadras antes de llegar a mi casa cuando ya casi le estaba cogiendo cariño al pobre paraguas con tanto rechazo, vi a un hombre sin chaqueta refugiado bajo el alero de una puerta esperando que la lluvia calara un poco. Le ofrecí el paraguas mientras señalaba el otro sobre mi cabeza. "Tómelo" le dije. "Yo tengo dos. No tiene nada de malo, está casi nuevo". Y el hombre me agradeció con una sonrisa y se perdió de vista con mi paraguas negro.

Me quedé pensando, no puedo evitarlo. Es feo ver que ya nadie cree en la buena voluntad del prójimo, que se están esperando un ataque o un acto de vandalismo cada vez que alguien los aborda. Es triste. Pero por desgracia así nos obliga a pensar este país. O la gente de este país, más bien, que gusta de hacer daño porque sí.

Es triste.
lira: (Default)
El otro día me agarró desprevenida la lluvia y tuve que comprar en la calle un paraguas de improviso. Era negro, de esos que se achican y se pueden guardar en el bolso. Pero no me gustaba nada precisamente porque era negro.

Todo el mundo en invierno anda uniformado de negro. No me gusta. Extraño mis colores.

Hoy salí con mi paraguas negro pensando en lo mucho que odiaba que fuese de ese color. En una multitienda vi un paraguas mucho más lindo y que hacía juego con mi ropa, y resultó que si tenías tarjeta de esa tienda te lo podías llevar casi gratis. La tenía y me lo llevé, contenta con el cambio. El paraguas negro quedó colgando de mi muñeca, cerrado e inútil.

Mientras caminaba de regreso pensé que era un poco triste para el pobre paraguas. Yo no volvería a usarlo y a mi hermano no le gustaría por ser un paraguas pobre de la calle (él usa unos muy estilizados con mango de madera que van con su estatus esnob de estudiante de leyes). Me pareció que no era culpa del paraguas, que estaba casi nuevo. Entonces sonreí y decidí que para agradecer que prácticamente me hubiesen regalado el nuevo le regalaría el paraguas negro a alguien que lo necesitara.

Mucha gente corría por la calle sin paraguas, empapados, intentando infructuosamente protegerse con maletines o gorritas de polerón. No sería difícil.

Cuán equivocada estaba.

Me acerqué a muchas personas y les ofrecí el paraguas negro con una sonrisa amable. O sea, si yo estuviera mojándome me haría muy feliz que alguien me ofreciera un paraguas gratis, pensaba. Pero todo el mundo me miraba como si les estuviera tomando el pelo o jugándoles una broma pesada.

"No, gracias".
"¿Está roto, cierto?"
"¿Crees que soy weón? Fijo que le pasa algo raro".

Nadie creía que podía ser un gesto de amabilidad. Todos se ponían a la defensiva de inmediato, muchas veces con rudeza. El paraguas negro seguía colgando de mi muñeca mientras tanta gente se mojaba.

Sólo dos cuadras antes de llegar a mi casa cuando ya casi le estaba cogiendo cariño al pobre paraguas con tanto rechazo, vi a un hombre sin chaqueta refugiado bajo el alero de una puerta esperando que la lluvia calara un poco. Le ofrecí el paraguas mientras señalaba el otro sobre mi cabeza. "Tómelo" le dije. "Yo tengo dos. No tiene nada de malo, está casi nuevo". Y el hombre me agradeció con una sonrisa y se perdió de vista con mi paraguas negro.

Me quedé pensando, no puedo evitarlo. Es feo ver que ya nadie cree en la buena voluntad del prójimo, que se están esperando un ataque o un acto de vandalismo cada vez que alguien los aborda. Es triste. Pero por desgracia así nos obliga a pensar este país. O la gente de este país, más bien, que gusta de hacer daño porque sí.

Es triste.
lira: (Anemone: at my feet)
Le descubrió una tarde mientras estaba sentada en el sofá de su casa con la persona que le hacía latir el corazón de aquel modo tan ajeno. Sintió su presencia mientras miraba la línea de la nariz de la chica, mientras se perdía en sus pestañas largas, mientras dejaba que su olor se le subiera hasta el cerebro y la llenase de ideas sin sentido. Cuando la chica habló sobre la persona que amaba, entonces le vio.

Era pequeño y temblaba como la superficie del agua de un lago. Estaba asustado, aterrado de ser descubierto, encogido como podía en lo más hondo del corazón de ella.

"Ah" se dijo ella al descubrirle. "Así que eso era... este dolor raro en mi pecho, estas ganas de echarme a llorar y salir huyendo... así que eras tú..."

El pequeño tembloroso asintió con la cabeza. "No es mi culpa" gimió. "No es mi culpa, soy inocente... yo no pedí nacer, yo no pedí surgir de pronto aquí... ¡tú me llamaste, tú me desabas!"

Ella sonrió con tristeza. Sí, le había esperado tanto tiempo, tantas veces había esperado topárselo dando brincos en su corazón helado trayendo consigo el deshielo y los primeros albores de la primavera. Pero no de ese modo. Pero no invocado por la chica de pestañas largas que amaba a otra persona. No así.

"No puedo dejarte vivir" murmuró ella, y supo de inmediato que él lo sabía y por eso temblaba. "No puedo dejarte crecer, no... te quiero aquí. No quiero este dolor raro, estás lágrimas, estas ganas de huir. No puedo huir ahora".

Él se ovilló allí en el rincón de corazón donde había nacido, lamentando su suerte de amor no requerido, deseando que todo fuese rápido y sin dolor por el bien de ambos, por el bien de ese corazón que había sufrido tanto ya antes y que había esperado años hasta atreverse a dar a luz a uno como él, y por el bien de esa muchacha que era su madre y que ahora abrazaba a la chica de pestañas largas dándole consejos para amar a otra, tragándose las lágrimas como mejor podía. Sabía que más tarde ella lloraría abrazándolo cuando estuviesen a solas, que le pediría disculpas y le llenaría de besos tristes, para luego encerrarlo en algún rincón entre la esquina del olvido y la indiferencia, donde le dejaría morirse de hambre y podrirse.

Lo sabía. Y tal vez era mejor así.

Y sin embargo no podía evitar derramar todas las lágrimas que ella sorbía, puesto que había nacido de un deseo de ella y había deseado tanto poder hacerla feliz y traerle la primavera...

Mientras ella por fin perdía su autocontrol y confesaba a medias su existencia, cuando la chica de pestañas largas que tenía entre los brazos murmuraba suavemente un afilado "lo siento"...

Cuando ella acompañó a la chica afuera para que tomase un taxi y regresase a casa...

Hizo un último y único ruego, su pequeño chillido de agonía inminente: "un beso... sólo uno... por favor...". Ella le miró los labios a la chica un segundo y rápidamente le besó la mejilla, para luego regresar a casa sin mirar hacia atrás, para empaparse la ropa de perfume intentando sacarse su olor del alma, para de hecho abrazarlo a él y llorar a gritos mientras le azotaba su pequeña cabeza contra las paredes de hielo.

Él no murió con eso, por supuesto. Oh, claro que no. Él aún gimotea cada vez que ella piensa en la línea del perfil de la chica, cada vez que recuerda el calor de sus manos en las suyas o el olor de su cabello bajo su nariz. Su pequeña existencia neonata yace golpeada y herida de muerte en aquel rincón ingrato e infame entre el olvido y la indiferencia, llorosa, moribunda, soñando con el perfume de la primavera, la risa de su madre y el deshielo que no pudo traerle.

Ella por su parte hace lo que puede por hacer oidos sordos a sus llantos de dolor, por no ver las manchas de su sangre en las paredes de su propio corazón helado, intentando ser fuerte y no compadecerse, prometiéndose a sí misma que un día dará a luz a otro, a uno que no tendrá que matar, a uno que podrá dejar crecer, hacerse grande, enorme, tanto que la llenará por dentro y la hará estallar de dicha.

Espera que al menos los gemidos cesen pronto. Ambos desean que su muerte sea rápida y lo más indolora posible.

Él se lo merece.
lira: (Default)
Le descubrió una tarde mientras estaba sentada en el sofá de su casa con la persona que le hacía latir el corazón de aquel modo tan ajeno. Sintió su presencia mientras miraba la línea de la nariz de la chica, mientras se perdía en sus pestañas largas, mientras dejaba que su olor se le subiera hasta el cerebro y la llenase de ideas sin sentido. Cuando la chica habló sobre la persona que amaba, entonces le vio.

Era pequeño y temblaba como la superficie del agua de un lago. Estaba asustado, aterrado de ser descubierto, encogido como podía en lo más hondo del corazón de ella.

"Ah" se dijo ella al descubrirle. "Así que eso era... este dolor raro en mi pecho, estas ganas de echarme a llorar y salir huyendo... así que eras tú..."

El pequeño tembloroso asintió con la cabeza. "No es mi culpa" gimió. "No es mi culpa, soy inocente... yo no pedí nacer, yo no pedí surgir de pronto aquí... ¡tú me llamaste, tú me desabas!"

Ella sonrió con tristeza. Sí, le había esperado tanto tiempo, tantas veces había esperado topárselo dando brincos en su corazón helado trayendo consigo el deshielo y los primeros albores de la primavera. Pero no de ese modo. Pero no invocado por la chica de pestañas largas que amaba a otra persona. No así.

"No puedo dejarte vivir" murmuró ella, y supo de inmediato que él lo sabía y por eso temblaba. "No puedo dejarte crecer, no... te quiero aquí. No quiero este dolor raro, estás lágrimas, estas ganas de huir. No puedo huir ahora".

Él se ovilló allí en el rincón de corazón donde había nacido, lamentando su suerte de amor no requerido, deseando que todo fuese rápido y sin dolor por el bien de ambos, por el bien de ese corazón que había sufrido tanto ya antes y que había esperado años hasta atreverse a dar a luz a uno como él, y por el bien de esa muchacha que era su madre y que ahora abrazaba a la chica de pestañas largas dándole consejos para amar a otra, tragándose las lágrimas como mejor podía. Sabía que más tarde ella lloraría abrazándolo cuando estuviesen a solas, que le pediría disculpas y le llenaría de besos tristes, para luego encerrarlo en algún rincón entre la esquina del olvido y la indiferencia, donde le dejaría morirse de hambre y podrirse.

Lo sabía. Y tal vez era mejor así.

Y sin embargo no podía evitar derramar todas las lágrimas que ella sorbía, puesto que había nacido de un deseo de ella y había deseado tanto poder hacerla feliz y traerle la primavera...

Mientras ella por fin perdía su autocontrol y confesaba a medias su existencia, cuando la chica de pestañas largas que tenía entre los brazos murmuraba suavemente un afilado "lo siento"...

Cuando ella acompañó a la chica afuera para que tomase un taxi y regresase a casa...

Hizo un último y único ruego, su pequeño chillido de agonía inminente: "un beso... sólo uno... por favor...". Ella le miró los labios a la chica un segundo y rápidamente le besó la mejilla, para luego regresar a casa sin mirar hacia atrás, para empaparse la ropa de perfume intentando sacarse su olor del alma, para de hecho abrazarlo a él y llorar a gritos mientras le azotaba su pequeña cabeza contra las paredes de hielo.

Él no murió con eso, por supuesto. Oh, claro que no. Él aún gimotea cada vez que ella piensa en la línea del perfil de la chica, cada vez que recuerda el calor de sus manos en las suyas o el olor de su cabello bajo su nariz. Su pequeña existencia neonata yace golpeada y herida de muerte en aquel rincón ingrato e infame entre el olvido y la indiferencia, llorosa, moribunda, soñando con el perfume de la primavera, la risa de su madre y el deshielo que no pudo traerle.

Ella por su parte hace lo que puede por hacer oidos sordos a sus llantos de dolor, por no ver las manchas de su sangre en las paredes de su propio corazón helado, intentando ser fuerte y no compadecerse, prometiéndose a sí misma que un día dará a luz a otro, a uno que no tendrá que matar, a uno que podrá dejar crecer, hacerse grande, enorme, tanto que la llenará por dentro y la hará estallar de dicha.

Espera que al menos los gemidos cesen pronto. Ambos desean que su muerte sea rápida y lo más indolora posible.

Él se lo merece.

2017

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